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Curso Virtual Educación para el envejecimiento
(segundo curso)

Bibliografía

PARTICIPACION SOCIAL Y ESTILO DE VIDA.
SU RELACIÓN CON LA CALIDAD DE VIDA EN LA VEJEZ

Lic. Alicia Monchietti
e-mail:
amonchie@mdp.edu.ar

Lic. Deysi Krzemien
e-mail:
dekrzem@mdp.edu.ar

Calidad de vida. Breve revisión del concepto

En un rastreo histórico del uso de la expresión calidad de vida hallamos que fue empleada por primera vez por el presidente de los Estados Unidos Lyndon Johnson en 1964, al declarar acerca de los planes de salud que "los objetivos de las políticas de salud no pueden ser medidos a través del movimiento de los bancos. Ellos sólo pueden ser medidos a través de las calidades de vida que proporcionan a las personas".

La preocupación sobre el concepto de calidad de vida se vincula a un movimiento dentro de las ciencias humanas y biológicas que valoriza con respecto a la salud, parámetros más amplios que el control de síntomas, la disminución de la mortalidad o el aumento de la expectativa de vida. En este sentido su evaluación fue inicialmente tenida en cuenta en estudios clínicos. Así, la oncología es una especialidad que por excelencia, se ve confrontada con la necesidad de evaluar las condiciones de vida de los pacientes con una sobrevida aumentada por los tratamientos propuestos (Katscnig, 1997), ya que muchas veces en la búsqueda de aumentar años de vida fue dejada de lado la necesidad de sumarle vida a los años.

Sin embargo, el término calidad de vida vinculado a la literatura médica no parece tener un único significado (Gill e Feinstein, 1994). Calidad de vida y estado subjetivo de salud son conceptos afines centrados en la evaluación subjetiva que hacen los pacientes acerca de su salud, pero necesariamente ligados al impacto de la salud sobre la capacidad del individuo de vivir plenamente. Bullinger y cols. 1993, consideran que el término calidad de vida es más general e incluye una variedad potencial mayor de condiciones que pueden afectar la percepción del individuo, sus sentimientos y comportamientos relacionados con su funcionamiento diario incluidas ciertamente sus condiciones de salud.

Los autores y estudios mencionados hacen referencia a la indagación de la calidad de vida en el orden individual pero el uso del término, mas allá del restricto ámbito de los estudios clínicos, supone sin embargo un estar atentoa a los profundas transformaciones sociales que han obligado a redefinir el concepto.

Podría decirse que actualmente el concepto de calidad de vida alude a un sentimiento de bienestar psicofísico y socioeconómico. .Para su evaluación deben tenerse en cuenta tanto factores personales ( salud, satisfacción con la vida, independencia,etc. ) como socioambientales ( redes de apoyo, servicios sociales, etc).

Se llega así al entrecruzamiento de la salud con el bienestar social y la calidad de vida colectiva e individual, y la salud deja de ser un problema médico y se convierte en un proyecto social

La OMS concibe la calidad de vida como "la percepción del individuo de su posición de vida en el contexto de cultura y sistema de valores en los cuales vive en relación con sus objetivos, expectativas, patrones y preocupaciones" (WHOQOL Group, 1994).

Por otro lado se ha comprobado que la calidad de vida se encuentra estrechamente relacionada con la participación social. En este sentido se la entiende como "la satisfacción que experimentan los individuos como resultado de su participación en las actividades que realizan en el medio familiar, en el centro de trabajo y en el ámbito comunal y nacional, en relación con las cuales de ejercitan sus capacidades humanas y desarrollan su personalidad". 1

La calidad de vida sería desde esta perspectiva un constructo caracterizado por su:

Subjetividad, multidimensionalidad y presencia de dimensiones positivas y .negativas..

 

 

Calidad de vida y estilo de vida

Ya según Lalonde, M. (1983) "el estilo de vida representa el conjunto de decisiones que toma el individuo sobre su salud y sobre las cuales ejerce cierto grado de control". Desde este punto de vista las malas decisiones y los hábitos perjudiciales conllevan riesgos que se originan en el propio individuo.

Creemos que si bien en los estudios realizados sobre estilo de vida se lo vincula especialmente con la salud física, es posible ampliar la acepción de este término.

En el adulto mayor, según los conceptos que hemos venido trabajando, la calidad de vida resulta dependiente no sólo del estado biológico sino de las condiciones del medio ambiente relacional en sentido amplio (interacción social, hábitos, grado de alfabetización, uso del tiempo libre, etc.) ya que estos propician un determinado estado de salud, tanto en lo objetivo como en el registro de lo subjetivo.

A pesar de que la amplia difusión del paradigma biomédico - Estess-Binney (1986); Salvareza (1999); Monchietti y Lombardo (1999)- ha favorecido a nivel de la representación social la asociación vejez y enfermedad, no existirían enfermedades propias de la vejez sino en clara relación con la calidad de vida y el estilo de vida. La edad no determinaría el estado de salud sino que éste, más bien, se relaciona con factores socioculturales y estilos de comportamiento.2 En este sentido no existe una única forma de vivir la vejez sino diferentes estilos de vida, dependientes de la particular constitución subjetiva y de la modalidad de relación con el medio ambiente inmediato y mediato.

Según nuestra perspectiva ellos constituirían factores determinantes de la calidad de vida.

Insistiendo sobre este particular, mas allá de las características generales de la vejez, cada sujeto atraviesa el proceso de envejecimiento de acuerdo a su biografía y, en función de esta, al posicionamiento personal que adopte frente a este momento de vida. Podríamos decir que este posicionamiento está determinado por el estilo de vida en la vejez.

En cuanto a este estilo de vida en la vejez, la recepción del impacto de las transformaciones biológicas, psicológicas y sociales y el modo de concebirlas y situarse frente a ellas pueden enfocarse como el producto de elaboraciones previas. Así, el estilo de vida de quien envejece estaría en relación con la posibilidad de que esta etapa de vida forme parte integrada de un proyecto de vida autónomo, en una vía de reconocimiento identificatiorio y de historización de sí mismo. Es decir que a medida que quien envejece experimenta los cambios que se van sucediendo, debe ir modificando activamente y reconstruyendo las expectativas de vida futura y las interpretaciones acerca de la vida pasada. (Ryff, 1984; Withbourne, 1985).

Este posicionamiento surgirá de la trama identificatoria relacionada con la propia historia vincular de interacciones significativas, permitiéndole al sujeto los modelos de comportamiento conocidos a los nuevos.

Es interesante destacar que la trama identificatoria ha proporcionado un vasto repertorio de "formas de ser" del que cada sujeto se apropia selectivamente. De allí surgen formas de conducirse con respecto a los demás y a uno mismo; al propio cuerpo, al valor, cuidado y tipo de cuidado que se le otorga, cuales se consideran conductas riesgosas y cuales placenteras, etc. El envejecimiento proporciona una nueva oportunidad de retocar el estilo de vida, así articulado en el tiempo.

Calidad de vida, estilo de vida y participación social

Diversas investigaciones de la OMS (1975), demuestran que las personas que participan en grupos sociales mantienen un estado de salud superior a los que están socialmente aislados; y que una vida rica en relaciones afectivas significativas tiende a prolongarse.3

Las primeras investigaciones de la OMS a partir de esta perspectiva (1975) fueron acerca de la relación entre factores psicosociales y salud. Indicaban que la hipertensión asociada con estrés se presenta con mayor frecuencia entre miembros de grupos minoritarios, como los ancianos.

Los estudios de Thonse (1982) muestran altas correlaciones entre percepción subjetiva de bienestar y estilo de vida activo para enfrentar las dificultades; en contraste con altas correlaciones entre percepción subjetiva de malestar y un estilo de vida pasivo ante las dificultades. Se evidencia una relación positiva entre factores psicosociales y calidad de vida.

Las llamadas redes sociales de apoyo4 está relacionada con el mantenimiento de un buen estado de salud y en la prevención y atenuación de situaciones críticas. Por el contrario, la insuficiencia de lazos de apoyo tiene efectos negativos sobre la persona y ha sido relacionado con enfermedades físicas y altos porcentajes en consultas psiquiátricas y psicológicas.5 Una investigación argentina de Muchinik y Albaracín, (1990) destaca la importancia de las redes de apoyo en Gerontología, siendo evidente en ambos la relación entre red social de apoyo y sentimiento de bienestar; mientras que "la carencia de solidaridad estaría en la base de muchos de los trastornos y males de nuestra cultura." Se consideraron también parámetros subjetivos, es decir, no sólo que la persona reciba apoyo social sino que lo perciba como tal, para la salud física y mental.

Recientes investigaciones presentadas en el Boletín de Estudios Internacionales sobre Educación Permanente de las Personas de la Tercera Edad (1998) 6 demostraron mediante datos empíricos la importancia de la educación permanente -en tanto actividad psicocial- para una mejor calidad de vida. Las conclusiones muestran que "los ancianos que no desarrollan actividad alguna, se enferman más y mueren más jóvenes que los que se mantienen dinámicos". (L.R.Galaso; Tandil, Argentina).7

En consecuencia, entre los factores de riesgo principales del deterioro de la calidad de vida, se halla el aislamiento social ligado a la exclusión y rechazo de la vejez.8 Según Furstenberg, (1989) uno de los criterios para asumirse "viejo" es el descenso de la participación social y el sentimiento de inutilidad que sobreviene.

Al hablar de participación social nos referimos a la "participación social significativa", proceso de interacción personal que consiste en tomar parte en forma activa y comprometida en una actividad conjunta, la cual es percibida por la persona como beneficiosa.9 Considerando los aportes de Caplan a la Psicología Social, la participación social haría referencia a sistemas de apoyo o suministros psicosociales como uniones entre individuos, caracterizados por a) ayuda material, b) asistencia física, c) compartir pensamientos, sentimientos y experiencias, y d) contactos sociales positivos (Caplan y Keane, 1985).10 La participación social significativa parece hallarse en básicamente cuatro áreas: la educativa, la ocupación laboral, la actividad física y recreativa de carácter grupal, y las relaciones sociales propiamente dichas donde el fin es la interacción mutua y la integración social.

Más que el número de contactos sociales, es importante la calidad de los mismos. En este sentido, el fortalecimiento de los lazos sociales, familiares, las visitas y la participación en actividades sociocomunitarias serían factores importantes para promover la salud en la ancianidad. El hecho de tener todavía objetivos y metas en la vida y de seguir formando parte activa de un grupo social está relacionado con el mantenimiento de un buen nivel de salud. Según Erikson, los que envejecen deben mantener una función generativa: por un lado, deben producir y crear; y por otro, relacionarse con los demás y sentirse responsable de ellos, pues se vive en relación con otros, y esto implica orientarse a tareas, cumplir con causas a las cuales servir y relacionarse con otros a través de la comunicación y solidaridad social.

Considerando las ideas de Caplan (1974), la participación en actividades sociales e interacciones significativas permitiría el desarrollo de las potencialidades y recursos que el anciano posee. Pero la participación social no sólo tiene que ver con la iniciativa que podría vincularse al estilo de vida de cada sujeto, a sus modelos relacionales interiorizados, o desde otra perspectiva a los modelos identificatorios escogidos, sino que tiene que ver también con el lugar que la sociedad asigna a quien envejece.

 

La oferta socio-cultural

En cada contexto histórico-social, la concepción del anciano fue cambiando y se ofrecieron diferentes roles acorde con las ideologías imperantes de la época.

Es preciso recordar que hay creencias compartidas en el orden social con características diferentes según las culturas que ofrecen distintos papeles o alternativas a los ancianos y que contribuyen a determinar su comportamiento. Más aún, a través del tiempo estos imperativos se internalizan. "La historia del individuo y sus vínculos primarios confluyen con las determinaciones culturales actuales en calidad de dimensión constitutiva del sujeto que envejece."11

Sin embargo, con el advenimiento del paradigma actual de la posmodernidad, se evidencia el predominio de concepciones que homologan la vejez a enfermedad, incapacidad e improductividad.12

Por otro lado, desde el discurso biomédico, se ha enfatizado particularmente el deterioro orgánico como efecto del proceso de envejecimiento.

"Pareciera que la sociedad confina a quien envejece a un inmaterial pero rígido "territorio" de significaciones cristalizadas que operan su alejamiento de ámbitos de interacción, actualización, aprendizaje, actividad de modo tal que se comienza nombrándolo enfermo, pasivo, desinteresado y se concluye, la mayoría de las veces, por parte de quien envejece con la apropiación de estos mandatos."13 Los estudios sobre la vejez se han centrado en su primera etapa en la vulnerabilidad del cuerpo, en los cambios sociales que sobrelleven pérdidas de roles y funciones, destacando los duelos y pérdidas como característicos de esta etapa vital. Esta concepción encuentra su basamento ideológico en la Teoría del Desapego, postulada por Cummings y Henry (1961), en un intento de explicación y teorización del proceso de envejecimiento. Cuando se concibe la vejez asociándola con un progresivo deterioro psíquico y un paulatino debilitamiento de las funciones vitales, el viejo queda posicionado en una franca introversión, en una actitud pasiva frente al mundo que lo rodea. Se remarcaría entonces, el proceso de reducción del interés hacia las actividades, personas y objetos del medio, y un creciente movimiento de repliegue sobre su mundo interno como resultado del conflicto de envejecer, relacionado con la enfermedad y con este tendencia "natural" al aislamiento.

Vemos así que acentuar las transformaciones psicosociales y corporales con tinte negativo, coloca al anciano en su relación con el otro como un "objeto de cuidados", descalificándolo como sujeto de acción, saludable, participante y social. Es decir, cuando se excluyen las características de actividad, participación e interacción como propias y naturales de la vida del viejo, -aludiendo en su lugar al deterioro físico, pasividad y aislamiento-, el envejecimiento se identifica con algo innombrable, negado, siniestro, siendo una de las únicas formas de participación que se le adjudica, a través de la reminiscencia en tanto rescate de fragmentos de la historia pasada. Pero recordar lo que se ha vivido no es vivir.

El anciano continúa siendo destinatario de estereotipos negativos y el prejuicio del "viejismo"14 sigue vigente.

Por el contrario, considerar al viejo como alguien que puede intervenir respecto de los demás y de sí mismo, actualizando y si fuera necesario retocando su estilo de vida, es situarlo en una posición activa frente a la posibilidad de mejorar su calidad de vida.

Desde la perspectiva de la teoría de la actividad, Havinghurst y cols. (1963) -, los ancianos siguen en condiciones de disfrutar los placeres de la vida; necesitan, como en todas las etapas vitales, estímulos intelectuales, afectivos y físicos; y quieren seguir perteneciendo a la sociedad de la que forman parte.

"El envejecimiento es, entonces, la prolongación de un proceso, una sucesión de cambios en un sistema que pierde y recupera el equilibro en cada instante"15 El paso del tiempo supone la necesidad de asumir nuevos roles y por ende resignar otros que hasta algún momento se ocuparon; pero esos roles nuevos pueden ser tan participativos como los de antes o aún más.

Así concebida la vejez no se reduce al inventario de pérdidas y duelos sino que se convierte en una etapa de cambios y transformaciones que, en tanto puedan ser tramitadas le permiten al sujeto crear y recrear una nueva forma de estar en el mundo.

La vejez tampoco es definible desde la pasividad sino que puede ser también ganancia y actividad .Según sea la estructura psíquica particular y la modalidad de relación con su medio existen ancianos que llevan un estilo de vida dependiente, así como otros que mantienen un grado importante de autonomía y actividad. El camino hacia una vejez activa requiere de la consideración tanto de las ofertas del medio sociocultural como del estilo de vida forjado.

En el cruce entre las ofertas y la selección que quien envejece opera , según su historia vincular interiorizada, en tanto parte de su estilo de vida, cobrarán mayor vigor el presente y la proyección hacia el futuro .

Creemos finalmente que estas consideraciones no deben llevar a acentuar indebidamente la importancia del estilo de vida por sobre otros factores determinantes de la calidad de vida.

 

 

 

 

 

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